El colectivo es rentable cuando está cachondo fue la frase con la que arranqué uno de mis reels.
Sintetiza a la perfección la idea en torno a la que gira el texto, aunque desde luego vayamos a desarrollarla punto por punto. Al fin y al cabo, esa es la ventaja de este formato; la posibilidad de profundizar en temas que, a veces, son demasiado complejos para un vídeo de minuto y medio.
Como seguramente puedas intuir, voy a hablar de capitalismo.
De consumismo.
Porque los partidos de extrema derecha, el fascismo y los “valores” conservadores no son el único enemigo del colectivo. Que conste que no trato de minimizar toda esa basura. Debemos continuar luchando contra ella, especialmente en una época donde nuestros derechos más básicos vuelven a verse amenazados.
Tampoco digo, ni muchísimo menos, que el capitalismo y el consumismo afecten de manera exclusiva al colectivo. Ambos fenómenos fomentan la desigualdad económica, el deterioro de la salud mental y la degradación ambiental de la sociedad en su conjunto. No obstante, en su insaciable búsqueda de rentabilidad, han encontrado formas específicas de cernirse sobre la comunidad LGTBIQ+.
La mayoría conoceréis el llamado capitalismo rosa, cuya finalidad es obtener beneficios económicos dirigiéndose al “colectivo” y convirtiendo la diversidad sexual en una oportunidad de negocio. Y uso las comillas en la palabra colectivo porque, en realidad, el capitalismo rosa se centra sobre todo en el estereotipo de hombre gay, cisgénero, blanco y de clase media-alta, dejando de lado las necesidades del resto de letras de la comunidad. Mercantiliza las demandas sociales y los símbolos —como la bandera LGTBIQ+—, transformándolos en productos comerciales y distorsionando su mensaje original de reivindicación. Además de utilizar el apoyo que supuestamente brindan para mejorar su imagen pública o lavar su reputación, aunque no exista un compromiso real con los derechos humanos ni mejoras para sus trabajadores.
Sin embargo, por aberrantes que sean, ninguna de estas acciones fue la que me motivó a escribir los guiones de muchos de mis contenidos en redes sociales. Ni este texto. Aún falta señalar un concepto clave para comprender hasta qué punto el capitalismo manipula y distorsiona nuestras necesidades. Para llegar a él, solo tenemos que preguntarnos cuál es el arma por excelencia del consumismo en cuanto al colectivo LGTBIQ+ se refiere.
Y así, sin más preámbulos, entra en juego nuestra estrella invitada:
La hipersexualización.
Definida como una tendencia a transformar a una persona, su cuerpo o su identidad en un objeto puramente sexual, dándole un valor exagerado o exclusivo a sus atributos físicos y eróticos, por encima de cualquier otra cualidad humana o intelectual.
Suena mal, ¿verdad? Hay veces en las que entendemos el significado de ciertos términos por el contexto, sin detenernos a leer su definición o a comprender sus implicaciones reales.
En cualquier caso, me gustaría aclarar algo antes de lanzarnos a quemarropa sobre terrenos pantanosos. Es evidente que el concepto de hipersexualización tampoco aplica de manera exclusiva para el colectivo. Forma parte del capitalismo, que cuenta con la extraordinaria capacidad —en el peor sentido posible— de transformar seres humanos en productos de consumo. Pero sí es cierto, por mucho que algunos odien reconocerlo, que está histórica y sociológicamente más presente en el colectivo.
La pretensión de este ensayo no es convertirse en una revisión bibliográfica sobre la temática debatida. No voy a molestarme en aportar referencias de artículos. Si alguien quiere buscar información al respecto, puedo asegurarle que la encontrará sin ninguna dificultad.
Aun así, añadiré un breve resumen de las causas principales por las que esto ocurre. A diferencia de la población heterosexual —que nunca ha tenido que ocultar su orientación—, las personas LGTBIQ+ han vivido bajo la censura, la patologización y el castigo. El sexo como postura política fue una de las respuestas por parte de estas, convirtiendo el cuerpo en una herramienta de protesta. Además, se vieron obligadas a refugiarse en espacios nocturnos y clandestinos, donde los códigos de cortejo y la corporalidad fueron los ejes centrales de conexión. Por último, debemos hablar sobre validación, pues el rechazo familiar y el acoso escolar generan déficits en la autoestima de las personas, inclinándolas a suplirlos mediante la validación física y sexual rápida.
Ojo, no todo es negativo ni dramático.
En contrapartida, el colectivo ha contribuido de forma directa a que la sociedad en general disfrute de una mayor libertad sexual, rompiendo con los roles tradicionales y abriendo el camino hacia los derechos civiles y afectivos.
El problema no son el sexo en sí mismo ni la libertad sexual, sino emplear el sexo como identidad.
A partir de aquí, continuaré a título personal. Quizá también exista bibliografía al respecto. No tengo ni idea. Simplemente voy a exponer mi criterio. Porque, ¿cómo no iba a aprovecharse el capitalismo de toda esta tesitura? Para empezar, solo tenemos que plantearnos cuántos espacios y productos existen centrados en el sexo:
Pubs con cuartos oscuros. Sexshops varios. Saunas. Zonas de cruising (aunque no estén dirigidas por ninguna empresa). Fiestas sin ropa. Juguetes sexuales de todo tipo. Literatura, películas, obras de teatro y series queer con escenas explícitas constantes. Apps de citas completamente orientadas al sexo. Etcétera. Etcétera. Etcétera.
El sexo es negocio.
Y no solo para nosotros. Basta con añadir la prostitución consumida por hombres heterosexuales a esta ecuación, siendo España, por cierto, el país de Europa donde más ocurre y el tercero a nivel mundial.
Pero sí hay, en mi opinión, una diferencia enorme: la clandestinidad.
Un heterosexual, a no ser que esté con sus cuatro amiguitos del bar, no grita a los cuatro vientos sus aventuras con la última prostituta a la que visitó. Mientras que, entre hombres gays, observo una tendencia a llevar por bandera los espacios sexualizados y las personas que se han consumido, como símbolo de libertad sexual. Y aquí, precisamente, entramos de lleno en la idea central del ensayo:
El capitalismo y el consumismo corrompen y distorsionan el concepto de libertad sexual.
Porque libertad sexual no es usar a otras personas para satisfacernos ni necesitar sexo constante. Eso, en mi opinión, se acerca más a la esclavitud sexual. Me vienen a la mente las caras de muchos hombres gais cuando les contaba el tiempo que llevaba sin echar un polvo, mirándome como si estuviese enfermo. Sus respuestas siempre eran del tipo: maricón, si yo paso un mes sin echar un polvo me subo por las paredes. A veces variaban a dos meses. Otras, a una semana. Lo que sí prevalecía en todos los casos era la idea de que no se podían pasar temporadas sin sexo, como si respondiera a una demanda fisiológica. Y en este punto, me veo obligado a romper el mito, porque no existen estudios que respalden la necesidad de sexo constante en los hombres. La eyaculación es sana y nos proporciona numerosos beneficios, pero recordemos que el contacto sexual no es la única vía para alcanzarla. Cuidado, la conclusión de este párrafo no es follemos menos y hagámonos más pajas, sino... la necesidad constante de follar no responde a causas fisiológicas, de manera que a lo mejor deberíamos darle una vuelta a cuáles son los motivos de que la experimentemos con tantísima frecuencia e intensidad.
Pero claro, ni a las apps de citas ni a ninguna de las empresas que se enriquecen a costa de nuestra sexualidad les interesa que nos paremos a darle una pensada. Les interesa que estemos cachondos las veinticuatro horas del día y que el sexo cumpla una función esencial en nuestras vidas.
El sexo es maravilloso. Y quien diga lo contrario miente.
Lo que no es maravilloso es necesitarlo para poder respirar, medir nuestra felicidad en base a los polvos que hemos echado, tratar a las personas como objetos al servicio de nuestros deseos, permitir que la industria marque cómo debemos vivirlo ni asumir la hipersexualización como parte de nuestra identidad.
Debatir sobre estas premisas genera rechazo en muchísimas personas, y antes de acabar el ensayo me gustaría lanzar una última reflexión:
Si no cuestionamos la base, el funcionamiento y la función de las dinámicas de nuestro colectivo, difícilmente podremos continuar progresando hacia la igualdad ni las conexiones reales. Consiste en evolucionar, en no darlo todo por zanjado, en generar debates y en acercarnos lo máximo posible a una comunidad donde podamos vivir nuestra sexualidad de manera auténtica y genuina, no en base a las demandas de un modelo socioeconómico que nos prostituye sistemáticamente a cambio de capital.